lunes, 12 de junio de 2017

Capítulo 22: No me mires así.

Clara
Habían transcurrido más de tres horas desde que Laura había tenido a Rubén, el pequeño angelito, porque era lo que parecía ese pequeño muñequito.
Carlos y yo habíamos vuelto a casa, con nuestro enano, que no dejaba de revolverse de un lado a otro en el trasportín en el que lo teníamos mientras hacíamos otras cosas.
Javi comenzó a llorar con fuerza mientras Carlos intentaba hacer de comer algo que no fuera pasta, y yo me duchaba. Desde la ducha pude oír a rubio salir corriendo de la cocina hacia el salón, y, al momento, comenzar a cantar una nana en un tono dulce y tranquilizador.
Carlos cantaba muy pocas veces de esa forma, solo cuando la melodía iba dirigida a nuestro pequeño, pero a pesar de lo poco que lo escuchaba cantar así, lo adoraba, me gustaba cada nota que daba, cada subida o bajada de voz.
Me vestí deprisa, sin hacer ruido para no dejar de oír la nana de Carlos.
Bajé las escaleras despacio, sin dar los zapatazos que suelo dar, mi marido siempre me dice que parezco un caballo, pero a pesar de ello, a nuestro hijo no le molesta, y creo que si dejara de hacer el ruido que hago se quejarían ambos.
Me senté en el último escalón y apoyé los codos en mis rodillas para poder sujetarme la cabeza con las manos mientras me embobaba con mi rubio.
Carlos mecía a Javier mientras cantaba una nana que, en muy escasas ocasiones entonaba, esta decía algo así como que le protegería siempre, a pesar de todo.
Mi marido colocó a nuestro pequeño, dormido, en el transportín, y se giró hacia mí, con una media sonrisa.
-¿Qué pasa?- me preguntó en voz baja.
Me encogí de hombros para posteriormente, levantarme a la par que me estiraba.
Carlos avanzó hacia mí y me rodeó la cintura con los brazos pegando su cuerpo al mío, haciendo que unas estúpida mariposas despertasen en mi estómago, que mi piel se pusiera de gallina y que, seguramente, mis pupilas se dilatasen, porque a pesar del tiempo que llevábamos juntos, incluso después de haber tenido un hijo, él continuaba provocando eso en mí.
Lo miré a los ojos más tierna que de costumbre, perdiéndome en ese color miel que tanto me gustaba.
-¿Por qué me miras así?- preguntó con la voz melosa, demasiado para como somos nosotros, pero en ese momento no me molestó, puede que lo que acabábamos de vivir me hiciera necesitar un poco de dulzura.
Me volví a encoger de hombros y Carlos sonrió de lado antes de besarme.
Un olor a quemado me alertó de que mi marido había olvidado que estaba cocinando.
-Cariño.- Dije sobre sus labios.- Creo que estabas preparando la comida, ¿no?, ¿o, tal vez habrá que pedir una pizza?
Carlos palideció, antes de salir corriendo hacia la cocina.
-¡Mierda!- gritó y pude oír como caían objetos al suelo, además de que salía humo negro de la cocina.
 Mi pobre Carlos, ¡qué desastre que era en la cocina!, menos mal que sabía hacer otras cosas en la vida, porque desde luego que si tuviera que trabajar en una cocina estaba en la calle en menos de una hora.
Me senté en el sofá y me estiré hasta la mesilla, abrí el primer cajón y saqué el número de la pizzería, después cogí el teléfono de la mesilla y marqué, por suerte o desgracia no era la primera vez que llamaba para que nos trajeran una pizza por un problema en la cocina, así que sabía perfectamente la pizza que debía pedir, bueno, yo, y la chica del otro lado de la línea, ya nos tendrían que haber hecho VIP's, después de haber llamado en tantas ocasiones...
Tras pedir la pizza, solté el teléfono y el número donde estaban en un principio y me asomé al trasportín de mi pequeño, que estaba profundamente dormido, con su chupete verde en la boca, a pesar de la insistencia de Carlos a que nuestro pequeño adquiriese predilección por el color amarillo, como él, Javi demostró casi en sus primeros días de vida, que adoraba el color verde. Nuestro enano siempre se iba con su tío o tía que iba vestido o vestida de ese color, cuando gateaba lo hacía hacia los objetos verdes, y a nuestro pobre pájaro, lo tenía amargado por ser de ese color, Carlos había construido una pajarera para el exterior y había comprado una pareja para el pájaro, así al menos no estaba solo, ahora el problema era el ruido.
Me levanté del sofá y caminé hacia la cocina, sin ganas, ya que sabía el desastre que me encontraría al traspasar la puerta. La última vez, Carlos había quemado los espaguetis, ¿cómo se pueden quemar los espaguetis?, y estaban todos esparcidos por el suelo, junto a la olla y la salsa de nata, que no era blanca, sino verde, a saber qué demonios le echó, aún estamos quitando las manchas.
-¿Qué tal vas?- pregunté asomándome.
Al otro lado de la puerta, encontré a un Carlos frustrado, con toda la ropa de color rojo, el horno abierto, y lo que creo que pretendía ser una lasaña o unos canelones, negros, ya en la bolsa de la basura.
-¿Cómo puedo ser tan malo cocinando?- exclamó exasperado.
-No se puede saber ni tener todo.- Le respondí elevando una ceja y acercándome, evitando pisar los restos de algo asqueroso y pringoso por el suelo... Seguramente pretenderá escaquearse de limpiar el desastre.
Me acerqué hasta él y le acaricié el hombro, antes de coger el mantel para la mesa, los vasos y un cuchillo.
Salí deprisa de la cocina, antes de que pudiera hablar, sabía perfectamente que intentaría que yo limpiase su desastre, y eso no iba a suceder. no esa vez.
Puse la mesa deprisa y mi marido salió con una mueca de desagrado, de la cocina.
-Voy a ducharme.- Masculló, posteriormente, subió las escaleras de mala uva y yo contuve la risa, Carlos era como un niño con una rabieta.
Llamaron a la puerta, acudí con el dinero, no sin antes comprobar que mi bebé continuaba dormido, y, como así era, abrí, entregué el dinero, me dieron la pizza, y la coloqué en la mesa.
Me senté a esperar a Carlos, mientras miraba el Whatsapp, los chicos estaban muy calladitos, ya era hora de que alguien los espabilase.
Clara: Holaaa!!
Raquel: Buenas!
Clara: Solo estamos conectadas nosotras?, que muermo de gente que no habla.¬¬
David: Bueno, ya somos 3!!!
Clara: Ya solo faltan 7 jaja
Raquel: Pues espera sentada, Lau no se va a conectar, está aún aquí con el bebé, Dani está con ella babeando, Álvaro, la última vez que lo vi, roncaba, Blas tres cuartos de lo mismo, mi hermana está en su casa, con Sara, descansando, así que ya tenemos a 3 roncando...
David: 4, Ainhoa se fue a descansar tmb.
Clara: Menuda panda de perezosos!!
Raquel: Y Carlos?
Clara: Duchándose, la ha liado otra vez en la cocina.
David: jajajajajajajaja quién es tonto lo será siempre.
Dani: Jajaja, ah por cierto, yo no babeo.
Isa: Y yo no ronco >.<
Clara: Eso se lo preguntaremos a Blas cuando deje de sobar, a ver si es verdad.
Raquel: jajajaja Cómo está Rubén??
Dani: Comiendo.
Raquel: Cuando acabe me avisas, que voy a subir a achucharlo un rato!
Dani: Laura y él necesitan descansar, otro día, adióss
Raquel: Si venga, capullo, yo voy a subir te guste o no, ese bebé va a saber quién es la mejor de todas sus titas, te guste o no ;P
David: Esa boca cariño jaja
Unas manos comenzaron a masajearme la espalda, haciéndome salir de la conversación de Whatsapp para volver a una realidad en la que estaba mi maravilloso marido conmigo.
-No se cómo me soportas.- Me dijo con un hilo de voz.
Agarré una de sus manos y la besé.
-Porque los dos somos igual de desastres, tal vez por eso nos llevamos tan bien.
Lo miré a los ojos y Carlos me besó.
-La pizza ya debe de estar fría.- Dijo.
-Yo me la voy a comer igual, tú haz lo que quieras.- Lo miré y sonreí de lado.
Carlos se sentó a mi lado y comimos entre bromas, risas y caricias.
Quitamos la mesa entre los dos y me senté junto a nuestro bebé, que continuaba profundamente dormido, pero, muy a su pesar, le tocaba comer.
Carlos preparó el potito de Javi, por suerte solo había que calentarlo, y yo, mientras tanto, desperté al pequeño.
Javi me miró con los ojos llorosos, antes de recordar que, efectivamente, era la hora de comer, entonces se puso de los nervios, se sujetó a mí con fuerza y casi se puso de pie.
-Hambre, mami.- Me dijo con esa vocecita tan tierna que me derretía.
-Papá está preparando la comida.
En eso, Carlos trajo un plato, un babero y una cuchara para que comiese.
Coloque a Javi en la silla para bebés y le dimos de comer entre los dos, mientras nuestro hijo se distraía con la tele.
-Podríamos ir a dar una vuelta por el barrio, hay un parque cerca, y una cafetería.- Sugirió Carlos cuando habíamos recogido todo.
-Me parece bien, casi nunca vamos los tres solos a ningún sitio.
Preparamos en carrito de Javo, con la mochila llena de pañanes limpios, toallitas, agua, comida, y cosas múltiples que llevamos los padres, como un chupete, algún juguete del niño por si acaso se aburre...
No tardamos demasiado en llegar a la cafetería a la que se refería Carlos, junto a un parque.
Lo primero que hicimos fue sacar a Javi del carro y, sujetándolo de las manos dejando que él andase solo, pasearlo por el parque, donde lo montamos en el tobogán, en los columpios... Además de hacerle un reportaje de fotos con nuestros móviles, todos los demás padres de por allí nos miraban divertidos, creo que se veía a la legua que éramos padres primerizos.
Una mujer joven, de unos cuantos años más que yo, cuyo pelo era negro, y sus ojos del mismo tono, y pequeños, se acercó, con un niño, de más o menos, la misma edad de Javi.
-Hola.- Saludó acompañado de una amable sonrisa.
-Hola.- Devolvimos el saludo nosotros.
-Sois nuevos por aquí, ¿me equivoco?
-Llevamos poco en el barrio.- Respondió Carlos por los dos.- Yo soy Carlos, ella es mi esposa, Clara, y nuestro hijo, Javier.
Javi saludó con la mano y después se medio escondió en mi pelo.
-Es un poco tímido.- Lo justifiqué, era la primera vez que Javi reaccionaba como lo acababa de hacer.
-Es normal, no nos conoce de nada.- Respondió la mujer simpática.- Yo soy Elsa, mi marido es aquél de allí.- Dijo señalando a la cafetería, había un hombre con una enorme barriga, sentado justo donde señalaba.- Damian, y este es nuestro peque, Héctor.
Héctor saludó como Javi, y se refugió en su madre.
-Me alegro de conocer, al fin, a una pareja joven.- Dijo.
-Bueno, nosotros no nos hemos mudado solos.- Carlos sonrió tras decir esas palabras.- Otras parejas de más o menos nuestra edad se han mudado también, con niños.
-¡Me alegro mucho!, no sabéis lo que es ser la única de por aquí con menos de treinta.
Solté una carcajada, sin querer, a lo que Elsa me miró interrogante.
-No te preocupes, que somos bastantes.- Respondió Carlos por los dos.
Elsa nos invitó a sentarnos con su marido y ella, y como Javi estaba algo exhausto, no nos opusimos.
Su marido era unos cuantos años mayor que ella, era un buen hombre, gracioso y trabajador, que había quedado viudo hacía unos seis años, con un hijo, de ahora esa edad.
-Ya nos veremos.- Dije antes de marcharnos, con nuestro pequeño dormido.
-Eso espero.- Dijo Damian.
Carlos y yo volvimos a casa, mientras yo bañaba a Javi, Carlos volvía a intentar cocinar, esta vez sin problemas, le dimos de comer a Javi, y después cenamos, un pollo un poco duro, pero comestible.
Carlos llevó a nuestro pequeño a su cuna, mientras yo acababa de recoger las cosas, entonces volví a oírle cantarle a Javi esa hermosa nana, en ese tono que tanto me gustaba.
Subí las escaleras y me asomé.
Vi a Carlos mecer a Javi y cantar, este era mi pequeño trocito de cielo. Cerré los ojos tratando de grabar esta escena en mi cabeza, para poder tenerla ahí siempre, para poder recurrir a ella siempre que lo necesitara. Sabía que en ella encontraría paz.
Carlos dejó de cantar y dejó a Javier en su cuna, me miró y ladeó la cabeza.
-No me mires así.- Me susurró.
-¿Por qué?- pregunté confusa.
-Porque si me miras así no podré evitar acercarme a ti, besarte, acariciar tu piel y amarte, porque cuando me miras así siento que no ha pasado el tiempo, que esta es la primera vez que te veo, porque nada ha cambiado, te quiero, te quise entonces y te amaré hasta el final, y esa mirada tuya me hace perderme en ella, y te digo todo esto, a pesar de que se que odias las cosas pastelosas.
Me acerqué a mi marido y le besé, para después, en nuestra habitación perdernos el uno en el otro.

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