martes, 6 de junio de 2017

Capítulo 21: Mis chicos

*Laura*
Me encontraba en el sofá de casa, sentada sin poderme mover apenas, mi tripa ya estaba enorme y hacía un rato que no sentía a Rubén, seguramente se había quedado dormido o había encontrado su postura y me dejaría descansar un rato.
Una sonrisa apareció en mi cara al recordar el día que conocí a los chicos gracias a mi pequeña Isa, era una chica tan abierta y sociable, tan diferente a mí que nos completábamos a la perfección. A pesar de que adoraba a Clara, Raquel y Ainhoa, Isa era mi otra mitad.
Suspiré porque me sentía mal por ella, yo era la que siempre se venía abajo por lo más mínimo y ella siempre ha sido mi pilar, ese soporte que no me ha dejado caer en los años que hacía que nos habíamos hecho amigas… Ahora ella no podía contar conmigo, pero le mandaba toda mi fuerza y ánimo desde el sofá de mi casa. Ojalá todo acabara pronto y los chicos pudieran salir pronto del hospital.
Me removí buscando una mejor postura para mi cintura observando a mi ahijada jugar con Alejandra a las muñecas y sonreí, pronto Sara podría volver a abrazar y exigirle a su papi que hiciera lo que ella desea.
-¿Necesitas algo?-Preguntó Alejandra desde el suelo.
-No, gracias-le sonreí-. Parece que mi futbolista ha decidido parar a descansar.
Ambas reímos y Sara llamó nuestra atención, no le gustaba que dejáramos de hacerle caso y, desde el accidente, la teníamos más mimada de lo acostumbrado. Solo esperaba que Isa no se molestara demasiado, nosotras no habíamos podido evitarlo.
Escuchamos la puerta y me giré como pude para ver a mi primo entrar. Me dio un beso en la cabeza y uno en los labios a su chica, después tuvo que coger a Sara en brazos por petición expresa de la pequeña.
-¿Cómo están?-preguntamos las dos a la vez.
-Han despertado-sonrió-. Están estables, solo que algo aturdidos y adoloridos, pero están bien.
-Qué alivio-Alejandra se llevó una mano al pecho.
-Y que lo digas-suspiré acariciándome la tripa.
-¿Se está moviendo?-Preguntó mi primo sentándose a mi lado.
-No, hoy está muy relajado-le sonreí y apoyé mi cabeza en su hombro-. Es una gran noticia el que hayan despertado, ya estaban haciéndose de rogar demasiado.
-Y que lo digas-dijo Jesús-. Tendrías que haber visto las caras de las chicas y los chicos, todos a punto de llorar, aunque alguno que otro sí que ha soltado una lagrimita, yo he resistido porque soy un macho.
-Un súper macho-se burló Alejandra y mi primo la fulminó con la mirada.
Escuchamos a los pequeños llorar, así que me levanté con ayuda de Alejandra y ambas fuimos a ver qué les pasaba a los bebés. Había que cambiarles el pañal, así que Alejandra se hizo cargo de su sobrino y yo lo hice de Javier que, al ser mayor, podía manejarlo mejor aunque era un poco inquieto y se movía cada vez que me descuidaba y después soltaba una risa.
-¿Crees que puedan salir pronto?-me preguntó terminando de abrocharle el pañal a Pablo.
-Depende de lo rápido que se repongan, pero tengo la corazonada de que sí-suspiré cogiendo a Javier en brazos-. Me mata el tener que estar aquí y no poder verlos.
-Sois muy apegados-me sonrió.
-La verdad es que sí, los conozco desde hace bastante ya y los cinco son mis chicos, aunque esté perdidamente enamorada solo de uno-reí y ella conmigo.
-Pobres niños, echan en falta a sus padres aunque no puedan decirlo-meció al pequeño hasta que volvió a dormirse.
-En eso tienes razón, son demasiado pequeños para vivir lo que les ha tocado-miré al rubio y rocé mi nariz con la suya, haciendo que volviera a reír y se agitara.
-Se te dan genial los niños-rió.
-Me gustan mucho, siempre he querido ser profesora de educación infantil por lo mismo-le sonreí.
-¡Chicas!-Gritó Jesús alarmándonos.
Salimos rápidamente hasta el salón para encontrarnos a mi primo tirado en el suelo con Sara, mientras la miraba con los ojos muy abiertos y una expresión de sorpresa en la cara.
-¿Qué?, ¿qué ha pasado?-Preguntamos las dos a la vez.
-Sara, repítelo, por favor-le suplicó a la niña.
-Tío -dijo ella risueña y yo cerré los ojos para no matar a mi primo.
-Cariño, no sé si lo recuerdas, pero estamos con dos bebés de cinco meses y tres semanas y que tu prima está de casi nueve meses, así que si no quieres asistir a tu prima aquí mismo mientras los niños lloran alrededor, cuida tu forma de decir las cosas-le riñó.
-Jo, lo siento, pero es que me ha hecho ilusión-puso un puchero.
Negué con la cabeza divertida y volví a sentarme en el sofá pero esta vez con Javier en mis brazos. Alejandra fue a dejar a Pablo en la cunita que habíamos comprado para mi bebé que estaba en mi habitación y volvió con el moisés para poner a Javier ahí y que el jugara con su sonajero.
Al cabo de un rato, mi primo y su chica fueron a la cocina para empezar a preparar la comida cuando todo ocurrió.
Comenzó como un pinchazo en el vientre, algo que casi consigue cortarme la respiración, pero que al cabo de unos segundos consiguió robármela. Mi pequeño futbolista había estado demasiado tranquilo aquel día como para ser verdad.
Apreté los dientes y me incliné todo lo que pude hacia delante, intentando coger aire en pequeñas bocanadas.
-¿Anina?-Sara apoyó su manita en mi rodilla y me miró con su carita ladeada.
-Llama… a…-gemí y apreté los dientes, estaba a punto de comenzar a llorar-Jesús.
-¿Sú?-Preguntó.
-Sí, cariño, llama a -volví a apretar los dientes intentando coger aire y mi ahijada comenzó a llorar-. No…
-¿Qué pasa?-Jesús salió de la cocina y se quedó parado a mitad de camino cuando me vio-. ¡Alejandra!
-¿Qué?
Ella abrió los ojos mucho y soltó el trapo que tenía en las manos, corrió hacia mi habitación y salió con un bolso con las cosas de Rubén. Se lo tendió a mi primo y me ayudó a levantarme con mucho esfuerzo. El tarado de Jesús ni siquiera pestañeaba.
-¡Oye!-Reaccionó ante el grito de su novia-. Necesito que lleves a tu prima al hospital y que estés cuerdo para ella, ¿de acuerdo?
Él asintió y me ayudó a salir y a subirme al coche, yo me limité a coger aire y soltarlo despacio, pero me temía que el dolor no estaba remitiendo ni un poco.
Al llegar al hospital todo fue muy rápido y en apenas unos minutos me encontraba con una bata de quirófano puesta y caminando por los pasillos de la planta de maternidad. Sí. Mi bebé estaba en camino pero yo no había dilatado lo suficiente como para que pudieran prepararme para el parto. Jesús se mantenía a mi lado y me hacía de apoyo, pero sabía que estaba demasiado asustado.
Tanto que ni siquiera se había acordado de avisar a Dani, tampoco había traído nuestros móviles y nos encontrábamos en el mismo hospital, dos plantas por encima.
-Prima, necesito que me esperes aquí, voy a entrar al baño, ¿vale?
Asentí y me apoyé en la pared, al lado de unas sillas en mitad del pasillo. Vi a Jesús doblar la esquina y comencé a andar hacia los ascensores que se encontraban a unos tres metros de mí. Tuve la buena suerte de que algunas personas iban a bajarse en esa misma planta, por lo que subí y le di al botón 2. Los que estaban allí dentro me miraron raro, pero me daba igual, necesitaba avisar al padre de mi hijo.
Me bajé en la segunda planta y miré a ambos lados, sonreí al ver a Carlos en una de las máquinas sacando algo. A pasos cortos y lentos, llegué hasta él y le acaricié el brazo, haciendo que se sobresaltara.
-Tranquilo rubio, solo soy yo-me burlé. Hacía unos cinco minutos que el dolor había remitido y solo me quedaban unas molestias, tal vez solo era una falsa alarma.
-¿Laura?-me miró con los ojos muy abiertos de arriba hacia abajo-, es decir, ¿rubia?, o sea, ¿qué haces aquí?
-Tengo que avisar a Dani, creo que el bebé ya quiere nacer-arrugué la nariz ante otro principio de dolor-. Ayúdame, por favor.
-Claro.
Me sujetó por la cintura y me apoyé en su costado para caminar por el pasillo y llegar hasta donde se encontraba el resto. Suerte que la habitación de los chicos –a ambos los habían puesto en la misma habitación- se encontraba al principio del pasillo, habría sido un verdadero suplicio caminar mucho más.
-¿Qué haces tú aquí?-Dani corrió a mi encuentro y yo lo abracé como pude.
-He venido a buscarte aprovechando que las enfermeras me han mandado a caminar para poder prepararme para tu hijo, que creo que ya quiere nacer-expliqué.
-¿Por qué no habéis llamado?-Preguntó Isa- No habrás sido tan petarda de venirte tú sola.
-Alejandra se ha quedado consolando a Sara que no paraba de llorar y Jesús está tan asustado que creo que no se acuerda ni de su nombre, lo dejé entrando al baño, por eso he bajado-me encogí de hombros-. Me fío más de mí en este momento que de él.
-Vamos arriba-dijo Dani.
-Espera, no tengo dolores, las contracciones son imperceptibles y tengo muchas ganas de ver a los chicos-puse un puchero.
-A Álvaro se lo han llevado a hacerle una radiografía y a Blas están haciéndole un TAC-Ainhoa puso una mueca-. Lo siento.
-Bueno…-puse un puchero.
Todos se quedaron mirándome y me sonrojé violentamente, seguro que no tenía las mejores pintas, pero… Una nueva contracción. Y otra le siguió antes de los cinco minutos. Porras, había pasado de los diez minutos a los tres sin darme apenas cuenta.
Rubén, podrías haberme avisado, cariño.
-¿Qué sientes?-Preguntó Clara.
-Muchas ganas de empujar-apreté los dientes.
-¡Corre!-Exclamó Isa.
Y el resto fue un borrón. Dani me llevó en brazos con ayuda de David y llegamos a maternidad antes de lo que canta un gallo. Allí las enfermeras se movilizaron muy rápido y me revisaron solo para confirmar lo que ya sabía, el bebé estaba apunto de salir.
Un golpe llamó mi atención, fruncí el ceño escuchando a Dani y David carcajearse de lo lindo, mi primo había escuchado a la enfermera desde la puerta de la habitación y se había caído en redondo al suelo.
Vaya sangre tenía. Si no fuera por la situación, también yo estaría burlándome de él, pero no era el momento idóneo, esperaba acordarme más tarde, cuando todo hubiese acabado, y darle la brasa como tanto había hecho él en nuestra adolescencia.
Creo que fueron cuatro horas o quizás seis, perdí la noción del tiempo tras el primer grito de la ginecóloga de turno para que empujara con fuerza. Esperaba que Dani no quisiera tocar la guitarra pronto porque de tanto apretón que le di en la mano de un esguince o una tendinitis, mínimo, no iba a librarse.
Me encontraba relajada en la cama de la habitación que me habían designado solo para mí, Dani lo pidió para que pudiéramos estar tranquilos, con lo que había montado abajo con los periodistas por el accidente de los chicos, solo nos hacía falta que también quisieran agobiarnos por el nacimiento de mi pequeño.
-Aquí está el bebé-anunció una enfermera menuda entrando con mi niño en brazos-. Está perfecto y pronto te pedirá la primera toma.
-Gracias-le sonreí sosteniendo a mi hijo en brazos.
Me sonrió y salió silenciosamente de la habitación, cerrando la puerta para darnos privacidad. Dani se sentó a mi lado y le dio un beso en la frente al bebé.
-Es el mejor regalo que podrías haberme hecho, te amo pequeña-me dio un pequeño beso en los labios con cuidado de no aplastar a Rubén.
-Sin ti él no habría sido posible, te amo-le sonreí y miré a mi pequeño-. Es tan perfecto.
-Y tiene tu nariz-le dio con el dedo índice y él se encogió haciéndonos reír-. Hola, pequeño, bienvenido al mundo.
Lo miré enternecida hasta que tocaron la puerta para después abrirla y pasar. David venía acompañando a mi primo que se veía bastante avergonzado. Tras ellos venían Raquel, Carlos y Clara.
-Dios mío-exclamó Raquel.
-Laura, no me lo puedo creer-Clara vino a abrazarme con cuidado y me miró emocionada-. No voy a llorar, pero te voy a decir algo-asentí para que continuara-. Te ves increíble de mamá, no me lo puedo creer.
Volvió a abrazarme y luego lo hizo Raquel, pidiéndome coger a mi pequeño y no dudé en dárselo, pero Dani se adelantó.
-Hey-se quejó ella.
-No voy a permitir que cojáis a mi hijo antes que yo-les sacó la lengua y sostuvo a Rubén cerca de él-. Tus tíos están todos locos, pequeño, así que no te fíes de ellos y procura hacerte tus cosas cuando te tengan en brazos.
-Qué idiota eres-rió Carlos-. Enhorabuena, rubia, es precioso.
Me dio un beso en la frente y yo le dediqué una gran sonrisa.
Al final mi pequeño pasó por los brazos de todos los que se encontraban allí hasta que empezaron a irse porque Rubén quería su toma y Dani exigió privacidad para nosotros. No pude evitar reír y él me miró curioso.
-Te burlabas de los chicos por lo mismo que estás haciendo tú-le di un beso cuando se acercó a mí.
-Ahora es cuando los entiendo, no puedo dejar de miraros sin creerme del todo que esta pequeña cosita viene de nosotros-le acarició la manita con su dedo-. Es tan pequeño pero a la vez tan grande que no me lo puedo creer aún.
-Yo tampoco-le sonreí.

Dani se encontraba meciendo al pequeño cuando volvieron a tocar la puerta y no pude evitar que una gran sonrisa partiera mi rostro en dos cuando descubrí de quiénes se trataban, mis chicos.

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