Isa
Apreté la mano de Ainhoa mientras esperábamos a que alguno de nuestros chicos hiciera el amago de despertar, o al menos, que se movieran de una forma diferente, dando a entender que continuaban con nosotras, que estaban al tanto de nuestra presencia y que estaban intentando volver de su estado inconsciente.
-Estoy asustada.- Susurró Ainhoa con un hilo de voz que casi se le quebraba al hablar.
El corazón se me partió mientras comprendía que ella estaba tan asustada como yo, o incluso más, no digo que ella amara más a Álvaro de lo que yo a Blas, lo que comprendí fue que en ese momento en el que ella acababa de dar a luz a su bebé, necesitaba más que nunca el apoyo de su pareja, de ese pilar firme que esté ahí en todo momento. Yo pude tener a Blas cuando nació Sara, recuerdo que fue, y aún es, un padre ejemplar, siempre que podía me dejaba dormir a mí e iba él a consolar a nuestra pequeña. La pobre Ainhoa debía sentirse acongojada, con el corazón tan entumecido como yo, y con esas hormonas aún alteradas que tenemos todas las mujeres durante unos días tras el parto.
Abracé a mi amiga y le acaricié el pelo con delicadeza, tratando de consolarla, a pesar de que no había sabido lo que era consolar a alguien hasta que nació mi hija, supongo que eso es el instinto maternal.
-Todo saldrá bien.- Afirmé todo lo convincente y serena que pude, ambas necesitábamos esa seguridad ahora.- Deberías descansar.- Continué hablando tranquila.- Puedes irte a casa y descansar hasta mañana.- Ainhoa comenzó a negar con la cabeza y yo la detuve con suavidad.- Te prometo que si pasa algo, te avisaré, pero sabes que tengo razón, que necesitas dormir un poco en una cama cómoda, y que seguro que estás deseando ver a Pablo y achucharlo.
Ainhoa negó con la cabeza con los ojos empañados en lágrimas, sabía de sobra que se estaba viniendo abajo, y eso no podía pasar.
-Mírame.- Le pedí a la vez que la medio obligué a mirarme de nuevo girando su cabeza con mi mano.- Tú y yo sabemos que necesitas reponer fuerzas, estás muy débil.- Ainhoa suspiró con pesar.- ¿Qué será de Pablo si su madre se deja derrumbar?, ¿qué crees que hará el pobre bebé?, él no comprende por qué no está con su madre ahora, ni con su padre, solo sabe con certeza que está en una casa desconocida, sintiéndose solo y desprotegido, con esos días de vida lo único que nos hace sentir a salvo es la calidez de nuestra madre.- Acaricié el cabello de Ainhoa apartando un mechón rebelde de cabello que prometía volver a perturbar la limpia tez de Ainhoa.- Se fuerte, mantén la esperanza. Si no lo haces por ti, hazlo por vuestro hijo.
Pareció que esas últimas palabras llegaron a lo más profundo de mi amiga, porque, además de comenzar a llorar como una magdalena, me abrazó y balbuceó varias cosas que, imagino, que significaban que haría lo que le pedí.
Ainhoa estuvo un rato más a mi lado, hasta que logró calmarse, yo mantuve la compostura todo lo que pude, sabía que si me derrumbaba delante de mi amiga, ella se echaría para atrás y no se marcharía esta noche, y eso no era bueno. Ainhoa necesitaba descansar, tenía que hacerlo.
Una vez sola con los chicos, me levanté de la silla en la que descansaba y caminé casi tambaleándome hasta que llegué a la cama en la que reposaba mi marido, conectado a máquinas que lo mantenían sedado y daban constancia de que seguía con vida.
Una parte de mí tenía la certeza de que Blas iba a despertar, pero, a pesar de comprender las heridas que presentaba, a pesar de que sabía que estaba en manos de profesionales, lloré, lloré como una niña pequeña a la que acaban de arrebatarle lo que más quiere, lloré durante tanto que creo que ya no me quedaban más lágrimas.
Me sentí como una estúpida por llorar de esa forma, parecía una niñata, parecía no haber cambiado nada desde esa primera vez en la que nos encontramos Blas y yo en Londres, entonces sí que era estúpida, jamás comprenderé cómo se enamoró de mí.
Una mano calló torpemente sobre mi cabeza y se deslizó sobre mi cabello hasta descansar, de nuevo, en el colchón.
Levanté la cabeza del colchón, donde había estado sollozando como una loca hacía unos segundos para mirar la mano de mi esposo.
¿Podría haber sido fruto de mi imaginación?
Acaricié los dedos de la hinchada y algo amoratada mano de Blas mientras sorbía por la nariz y me relajaba, no quería que mi marido me viera como una cría llorona nada más abrir los ojos, aunque lo era.
-Mi amor, estoy aquí.- Le dije de forma apacible mientras, con la otra mano, le acariciaba su sedoso cabello.- Te quiero, mi vida, y estaré aquí cuando despiertes, te lo juro.
Tras esas palabras le di un beso en la frente y me quedé ahí, observando como mi marido descansaba y reponía fuerzas para despertar y volver a reunirse conmigo, con nuestra pequeña y con toda la familia.
No se bien cuándo sucedió, pero me dormí plácidamente, a pesar de no encontrarme en la mejor de las posturas para ello.
Buenos días, peque.
Abrí los ojos, me había parecido oír el sonido de la maravillosa voz de mi marido, pero no era así, solo había sido un sueño, era hora de volver a la realidad, aunque esa realidad ya no me asustaba, confiaba en la fortaleza de Blas, en sus ganas de despertar, al igual que en las de Álvaro por volver a coger a su pequeño y estar con Ainhoa.
Miré la hora, eran las ocho de la mañana, era la hora a la revisaban las constantes de los chicos, por suerte me había despertado antes de que el médico de guardia entrase.
-Buenos días.- Me saludó al entrar. Era una mujer mayor, de pelo teñido y oscuro, con las raíces blancas como la nieve, llevaba un vestido rojo bajo la bata de médico.- He venido a ver a cómo se encuentran.
Asentí y me aparté para que la doctora pudiera examinarlos.
Al cabo de unos minutos, la mujer sonrió y me hizo un gesto para que me acercase a hablar.
-Van mejorando, vamos a trasladarlos a planta en un par de horas.- Me dijo tras una larga explicación en la que me dio detalles del estado de mi marido y amigo.
Volví a sentarme junto a Blas y acaricié su mano.
-¿Has oído eso, amor?, os van a trasladar a planta, ya estáis mejor.
Por los cristales de la sala pude ver a Dani con Ainhoa y Clara.
-Ahora vuelvo.- Le dije a mi marido, como si pudiera oírme.
Me levante deprisa y salí de la sala, cerrando la puerta tras de mí.
-Buenos días.- Me saludó Carlos bajando su tono natural de voz.
Yo le correspondí el saludo.
-¿Cómo están?- preguntó Dani.
-Mejor, van a trasladarlos a planta en unas dos horas.- Expliqué.
La cara de Ainhoa denotaba un alivio tremendo, como las de mis amigos.
-Isa, pareces exhausta, deberías irte a casa y descansar un poco.- Me recomendó Dani antes de acariciarme la mejilla de forma fraternal.
Negué con la cabeza.
-No seas cabezona, lo necesitas.- Insistió Carlos.
-Chicos, os agradezco la preocupación, pero tengo la corazonada de que tengo que quedarme.- Dije.
-Yo sabía que dirías eso, y por ello me he tomado la libertad de traerte esto, espero que no te moleste.- Me dijo Ainhoa antes de entregarme una bolsa con ropa mía dentro.
-Muchas gracias.- Respondí con sinceridad.- No me molesta en absoluto, era justo lo que necesitaba.
Me disculpé con los chicos y me metí en uno de los baños de la planta, donde me asee y cambié de ropa rápidamente. Ainhoa me había traído unos baqueros de tela oscura, largos y ceñidos, y un top blanco simple, de mangas hasta los codos, también de murciélago, cosa que yo adoraba.
Me peiné un poco con un cepillo que siempre suelo llevar en el bolso y me recogí el pelo en una trenza de ramales.
Salí del baño pareciendo otra Isa.
Carlos me abordó en mitad del pasillo y me agarró del brazo haciéndome caminar en dirección contraria a los chicos.
-¿A dónde me llevas?- Pregunté.
-Supongo que no has comido desde ayer.- Respondió.- Te llevo a que no desfallezcas.
No me quedó más remedio que darle la razón y caminar con él hasta el restaurante del hospital. Era cierto que necesitaba comer algo.
Me serví un café solo para beber, y de comer un pitufo con aceite. Carlos cogió una palmera de chocolate, él ya había desayunado en casa, pero se le había antojado.
Nos sentamos algo alejados de todos, donde encontramos sitio.
Le miré y sonreí.
-¿Qué te hace tanta gracia?- preguntó con la boca llena, casi no le comprendí.
Me encogí de hombros.
-A pesar de todo, tú no has dejado de protegerme.- Confesé con una sonrisa.- Gracias.
-No tienes que darlas, pero, ¿a pesar de todo?, ¿a qué te refieres?
-Cuando nos conocimos yo era una niñata insolente, malcriada, jugué contigo sin pretenderlo, pero lo hice,- me detuve unos segundos- después de todo lo que sucedió no tenías motivos para ser mi amigo, o para tratarme como a una amiga, pero ahí estuviste, y aquí estás, día a día a mi lado, como un hermano, siempre tratando de protegerme de lo malo del mundo.
-Qué dramática, si que eres una niñata, porque aún lo eres.- Dijo y me guiñó un ojo antes de que yo le lanzase una bolita de pan.- Pero casi todos lo éramos, tú no jugaste conmigo más de lo que yo lo hice contigo.- Carlos hizo una pausa en la que me sonrió de forma tierna.- Siempre te he tratado como a una amiga porque eres una de mis mejores amigas, y si te protejo, es porque, es cierto que una parte de mí ha llegado a verte como a una hermanita pequeña.
Acabamos de comer y volvimos con los demás. Al cabo de las horas transportaron a los chicos a una habitación, tuvimos que mediar con algunos paparachis que no nos dejaban, llamé a Laura para ver cómo estaba mi hija mientras mis amigos lidiaban con los insoportables periodistas, si se los podía llamar así.
-Hola, ¿cómo estás?, ¿cómo están?, ¿has dormido bien?, ¿has comido algo?...
-Calma fiera.- Respondí cortándola y riendo.- Estoy bien, los chicos han mejorado y los han llevado a una habitación, he dormido medianamente bien, y ya he desayunado. ¿Cómo estáis por ahí?- pregunté volviendo a ponerme algo seria.
-Bien, aquí está todo en orden, aunque Chiqui no para quieto, y Sara no deja de preguntar por sus papis.
-Ponme con mi princesa, por favor.- Pedí casi de forma suplicante, como su mi hija fuera un oasis en medio del desierto que era estar en el hospital esperando a que su padre despertara.
-Hola mami.- Me habló mi pequeña al otro lado de la línea.
-Hola, princesa.- Dije sonriendo sin pensarlo si quiera.- ¿Cómo estás, cariño?
-Bien, manina y yo hemos hecho una festa de pijamas.- Me respondió hablando mejor de lo que solía hacer.
-¿Lo has pasado bien?
-Zi, quero mucho a manina, pero te echo de enenos, mami.- Me dijo con un hilito de voz, como si se fuera a echar a llorar.- Y a papi.- Y entonces la oí sorber por la nariz.
-Princesita, papá y yo también te echamos de menos.- Le dije tratando de no echarme a llorar, estaba demasiado sensible después de todo lo pasado.- Pero papá está un poco malito y estamos en el médico.- Preferí no mentir, sabía que, a pesar de ser un bebé, mi bebé era muy inteligente, y muy preguntona.
-¿Se va a oner bien?- preguntó con preocupación.
-Si, mi amor, no te preocupes.- Respondí.
Pasé casi veinte minutos al teléfono con mi hija y con Lau, después volví a la habitación, donde me senté junto a Blas.
Ainhoa estaba sentada con Álvaro, sujetando su mano entre las suyas.
Miré a Blas y acaricié su pelo con delicadeza.
-Amor, nuestra pequeña es la niña más inteligente que he visto nunca.- Dije y sonreí casi sin poder remediarlo, estaba hablando con alguien que tal vez no me oyera, pero, ¿y si, sí?, ¿y si mi voz le daba fuerzas para despertar?, esta mañana la doctora ordenó retirar los sedantes, cambiándolos por calmantes, comprobó hace poco que todo iba en orden, y exigió que cuando despertaran la avisásemos.- Y te quiere muchísimo, te echa de menos...- Hice una pausa.- Yo también te echo de menos.
Apoyé la cabeza en su pecho sin hacer fuerza, porque sabía que podría hacerle daño y suspiré.
-Te amo, estaré aquí el tiempo que haga falta, hasta que despiertes, te lo juro.
Una mano acarició, de forma torpe, mi cabello repetidas veces.
Giré la cabeza y los ojos se me llenaron de lágrimas antes de inclinarme un poco para besar sus labios una vez más.
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